jueves, 14 de agosto de 2008

El Desastre


-Tenés que llevar esta vela que es para conseguir trabajo, estos carbones que los quemás en este hornillo; esto es para energizarte positivamente, y además leer esta oración invocando a tus dos ángeles protectores para que te guíen por el bien. Esto lo hacés durante nueve días seguidos, empezando hoy viernes, que es un día de aperturas en el cielo.

-¿Todo junto lo hago? Pregunté ya cansada de antemano.

-Por supuesto. Y vas a ver que todo lo que deseás se te dá.

-Bueno. ¿Cuánto es?

El atento vendedor me preparó la factura y el paquete con toda la parafernalia que acababa de comprar para conseguir el tan ansiado trabajo. Cualquier trabajo después de seis meses como desocupada. Había que darle una mano un poco más efectiva a los clasificados de Clarín y Nación, a mi lista de contactos y a los curriculums enviados a las multinacionales (según recomendaban los seminarios que pagué para mi búsqueda laboral). Lo de la mano extra era sugerencia de mi amiga Alicia, que venía poniendo el hombro, el corazón, el abrazo, la chequera y las consultas a una vidente desde el mes de Febrero. Dios, ya era Agosto.
La desesperación y la fe van de la mano. Y las mías estaban llenas de ambas.

Cuando el vendedor me entregó la bolsa, me regaló un folleto con oraciones e invocaciones varias para distintas necesidades de apoyo celestial. A mí me cabían todas. Pagué, suspiré hondo sintiendo el peso de la bolsa en mi mano, el peso de mis expectativas, y salí del local.
Tomé el 152 para volver a mi casa. En el colectivo, mientras trataba de memorizar una oración para sentir en positivo y alejar la mala onda, pensé que mejor me bajaba en Cabildo y Maure para pasar por el super, y comprar algunas cosas. Total tenía el celular y el beeper encima, para enterarme de cualquier posible entrevista, y en casa estaba el contestador y el fax, más dos teléfonos de amigos que podían recibir mensajes. Todos los frentes cubiertos.
¡Si me querían encontrar lo podían hacer!

Entré al Coto, tomé el carrito y recorrí todas las góndolas imaginándome todo lo que iba a poder comprar cuando consiguiera trabajo. Y por ende un ingreso mensual de dinero. Me entretuve casi dos horas por los vacíos pasillos. Había más repositores que clientes. Eran casi las 6 de la tarde. Se iba otra semana. Me quedaban los diarios con oportunidades el domingo.

Decidí caminar hasta casa. Eran muy pocas bolsas para cargar y la caminata me haría bien. En realidad ahorrarme el boleto del colectivo sumaba en mi precaria economía.
Cuando llegué a la esquina de Dorrego y Conesa, donde estaba el departamento, me propuse comenzar enseguida con el tema de las velas, el hornillo y el rezo. Mi hijo estaba en el colegio jugando al fútbol, no tenía más planes para hoy, nadie me había llamado... No debía desanimarme. El fantasma de la depresión se me aparecía caminando al lado, cada vez más frecuentemente. Y cada vez más cerca del abrazo. Y a eso le tenía terror.
En la puerta había algunos chicos jugando como siempre. Es un edificio muy prolífico, pensé. Y ahí estaba el vecino simpático adolescente al que yo jamás había soportado, no sé por qué, del 2K. Este chico me da cosa, me comenté.

-¿Vos no sos la mamá de Sebas?

-Si. Le respondí bien indiferente desde mi actitud adulta y pedagógica. Pero que tarado, hace 7 años que vivimos acá y su familia se mudó al mismo tiempo.

Imaginaba si este chico no tenía problemas de conducta en la escuela, mientras apoyaba las odiadas bolsas, la cartera y me agachaba a buscar las llaves. Abrí la puerta, levanté las bolsas y entré. Por lo menos podía ayudarme, no? No, no hay caso no lo soporto, esa miradita que tiene.
El portero estaba sosteniendo la puerta abierta del ascensor mientras unos tipos bajaban bolsas de consorcio que parecían bastante pesadas. Siguió sosteniendo la puerta mientras yo entraba al ascensor y miré el piso que estaba mojado. ¿A esta hora limpia?

- Ya pasó todo. Sebas está con Carlitos en lo de Mabel.

-Ah! Bueno.

Que atento, este tipo ahora me informa sobre el paradero y condición de mi hijo, ¿qué le pasa? Si Sebas está con Carlitos, implica más tiempo a solas para mis ritos esotéricos y aumentar así la efectividad de mis pedidos de trabajo. Se cierra la puerta del ascensor, dejé las bolsas, que incómodas por favor, en el piso del ascensor, me miré en el espejo y llegué al tercero.
Abrí la puerta y tenía ganas de patear las ya odiadas bolsas que me recordaban que había gastado plata y eso me angustiaba mucho. Salí al pasillo. Mi departamento estaba al fondo. El pasillo estaba oscuro pero algo de luz entraba por una ventana del costado.

Lo primero que me llamó la atención, fue que la puerta de mi casa estaba abierta totalmente y distinguir la cabeza del padre de Sebastián en el medio del living.

-¿Manuel? Susurré para mí. ¡Zás, se murió mi ex suegra! Después ví la cabeza de Víctor. ¿Cómo, ya se enteró? Y ví entonces la cabeza de Hugo sumándose al grupo. ¿La estaban velando en mi casa? ¿Qué carajo estaban haciendo en mi living con la puerta abierta? Todo esto me preguntaba mientras caminaba por el pasillo, con el ruido de mis pisadas en el agua como fondo envolvente.

Me paré en la puerta y los miré uno por uno en una fracción de segundo. Después me corrí para dejar pasar a un tipo que llevaba cosas, no sé que cosas, pero el tipo estaba también en mi casa.
Y entonces puse un pié en el inmenso lago que era el alfombrado piso del departamento. Y entrando ví. Ví el desastre.

Una montaña enorme de libros quemados sobre la mesa grande, todas las paredes negras, pedazos de vidrio, pedazos de cosas...
Gente que entraba y salía. Yo estaba muda. Mirando y tratando de entender que eso que estaba viviendo, eso que estaba viendo era el resultado del incendio. Después, minutos después lo supe.
Manuel, Víctor y Hugo me hablaban, me daba cuenta, lo sentía o percibía, pasando afuera. Sé que agarraron las bolsas y no sé que hicieron. Yo seguí caminando hasta los cuartos. Había tres dormitorios, además del living, baño y cocina.
En la habitación que yo usaba como escritorio, que tenía todos mis libros y la biblioteca de tres cuerpos de Maple de Londres (única herencia adorada de mejores épocas de mi familia), mi escritorio grande de roble, las fotos, la computadora, los papeles, mis papeles, mis escritos, mis historias, mi historia, no existían. Nada existía. No había ni vidrios ni ventana. La habían tapiado con madera. Era una habitación vacía, negra, rota.

El cuarto de Sebastián y mi dormitorio siguieron. Quedaban cosas. Como yo las había dejado al irme por la mañana. Pero negro. Negro. Negro el cubrecamas, negro el placard, las paredes, el techo. Negro los juguetes de mi hijo, su escritorio. Todo negro.
La cortina del baño tirada dentro de la bañera, manchada. El barral torcido apoyado sobre la pared chorreada de negro.
Volví al living. Ninguno me había acompañado en ese siniestro y extraño tour.

El silencio era absoluto. Me apoyé en el sillón de dos cuerpos, manchándome de hollín negro y grasoso el traje italiano, los miré y firme les dije:
-Yo quería cambiar las cortinas. Ahora lo voy a tener que hacer.

2 comentarios:

Cristian dijo...

Hola Cristina,

Lindo ver que sigues aquí, acompañada de buena prosa.

Besos

rei dijo...

hi cb...im inviting you to promote your blog in new social blog directory, please visit www.bloggerunited.com, cheers