martes, 23 de septiembre de 2008

Maribel

No tenía ningún inconveniente en que se quedara un tiempo en casa hasta que pudiera encontrar un lugar estable. Tenía una promesa de vacante en una residencia universitaria en el centro.
Maribel llegó con su mamá. Primer contacto con la ciudad fue la estación de micros de Retiro. Asustan los autos rápidos y tantos colectivos, me comentó ya llegada en casa, mientras tomábamos mate. La mamá regresó a su provincia al otro día temprano.
Maribel se había criado al lado de su mamá. Siempre a su lado. Por primera vez se separaban, y esta ciudad tan grande y con tanta gente, realmente la asustaba.

Yo aún no la entendía. Pensé que su silencio, esa brutal sumisión, esos ojos siempre mirando al suelo, respondían a esta nueva etapa de independencia.
-Vine a estudiar para policía, me dijo Maribel mientras doblaba las sábanas y la ropa que iba a usar el lunes para comenzar los trámites de inscripción en la Escuela.
Le presté una guía T, le enseñé como usarla, le escribí que colectivo tomar, los nombres de las calles donde debía bajar, la de mi casa, el número de teléfono.
Las dos salimos el lunes bien temprano. En el ascensor, al entrar, observé que se pegaba contra la pared del fondo. Y bajó la cabeza con las manos bien juntas, como rezando. Yo estaba muy apurada, no le dí mucha importancia. Esperé con ella el colectivo, se subió y la saludé con una sonrisa, nos veíamos luego. Regresé de mi oficina casi a las siete de la tarde.
Maribel estaba paradita, firme junto a la puerta principal. La saludé, temblaba como si tuviera muchísima fiebre.
Sentí su suspiro. ¿Alivio?
Cenamos. Al otro día había más trámites para hacer. A ella le dolía mucho el estómago. Apenas si logré que me contestara algunas preguntas o que cenara levantando la vista del plato. Se fue a la cocina a lavar, le dijo que se dejara de embromar que se bañara y preparara para mañana, que le daba un té, que el dolor eran los nervios.
Así, casi rutinariamente, pasaron tres días. Su actitud no cambiaba, la veía y sentía cada vez mas asustada. Llamó su mamá por teléfono. Maribel lloraba en silencio mientras muy bajito hablaba con su mami.
Le pregunté sobre su decisión de ser policía. Me contó que así iba a poder tener una jubilación segura, que había planes quizás para tener una vivienda. Pensaba en una jubilación a los diez y siete años! Le pregunté si sabía que iba a recibir entrenamiento con armas de fuego. Movió la cabeza negando…
Pasó una semana, ingresó a la Escuela, le dieron el lugar en la residencia. Me comprometí con su mamá a acompañarla, ver el lugar, a dejar mi teléfono a los responsables. Lo hice.
Pasaron casi tres meses. Maribel me llamó por teléfono. Me pidió que la acompañara a Retiro. Se volvía con su mamita. No podía más. No podía con esta ciudad, con la gente, con el ruido, las bocinas, las luces y los ascensores. No podía con los gritos, las carcajadas, los empujones, la música a todo volumen, el poco amor de sus compañeras. Las armas ni llegó a mirarlas.
Y así se fue Maribel. Fugaz paso por una comunidad que no aceptó su servicio.
www.unswphotoclub.org/files/images/tears_of_n...

1 comentario:

Máximo Ballester dijo...

Y la verdad es que eligió uno de los caminos más difíciles. No me extraña nada que haya sentido lo que sintió. Tanta hostilidad, tanta indiferencia y si a eso le sumamos las cosas que están pasando, y los peligros a los que se puede llegar a enfrentar.

Me encantó tu relato. Gracias.

Un abrazo.